miércoles, 22 de marzo de 2006

Pereza

Hasta donde puedo recordar, he estado buscando un plan de autosuperación adecuado. Siempre he creído que estaría a punto de hallar la felicidad si podía perder peso, ampliar mi vocabulario en treinta días, tener unos músculos abdominales y unas nalgas firmes, hablar francés, lograr la paz interior, planificar el día de forma más eficaz, ser más positiva, comunicarme con más claridad, expresar todo mi abanico de emociones, conseguir que un hombre se case conmigo tras diez citas, matricular a mi hija en Harvard a los doce años, comprender el subtexto de todo lo que diga un hombre, come sólo productos orgánicos, tener el pulso cardíaco de un patinador de South Beach, Florida, aprender el placer de practicar el sexo en cuatrocientas posturas diferentes y que me gusta cada una de ellas, encontrar al niño que llevo dentro, renovar al adulto exterior, llegar a aceptar las cosas malas que les secunden a las personas buenas, adoptar al Dios hebreo, adoptar al Dios cristiano, adoptar al Dios musulmán y aprender a escribir poesía como la actriz Suzanne Somers.
He seguido un sinfín de métodos de autosuperación. He gastado miles de dólares en libros de dietética, libros sobre el ejercicio físico, (…). Por ejemplo, cuando leí por primera vez La revolución dietética del Dr. Atrkins, me entusiasmó posibilidad de vivir a base de tocino, huevos y queso brie. Se me hacía agua la boca de pensar en treinta salchichas para desayunar y nunca habría imaginado que llegaría a cansarme decir «¿filete otra vez?» durante la cena. Pero a la tercera semana, vi una barra de pan en un escaparte de Bon Pain, y comencé a llorar de forma descontrolada. Intenté irrumpir en la panadería, pero la alarma se disparó y acudió el cuerpo de bomberos. (…)
Después del incidente en la panadería, me di cuenta de que la clave para cambiar no radicaba únicamente en seguir una dieta. Para mejorar de verdad mi vida, necesitaba convertirme en una persona mejor, más conectada. Así pues me compré muchos manuales sobre relaciones y comunicación y traté de comprender que, en realidad, los hombres proceden de un planeta diferente y actúan en consonancia. Pero pensar en los hombres como extraterrestres resultó ser igual de insatisfactorio. También intenté comunicar y expresar todos mis sentimientos. Cuando le dije al camarero de un café griego que estaba preocupada por mi potencia para la felicidad y lo atribuía a una experiencia traumática durante mi infancia, no pareció interesarle lo más mínimo. A continuación, me esforcé mucho en ser más positiva, y ahora ninguno de mis amigos me habla. Cada vez que consultaba otra guía sobre como tener una vida personal más eficaz, lo único que conseguía era entristecerme y aislarme más. Me sentía como si todo el mundo estuviera en el camino de la autosuperación menos yo. (…)
Tras haber fracasado en la mejora de mi vida exterior, decidí centrarme en la paz interior. Si no podía aprender a comunicarme, o comer sólo proteínas, quizá al menos podría alcanzar una extraordinaria tranquilidad. Sin embargo, cuanto más me concentraba en la tranquilidad, más nerviosa y neurótica me ponía. Cuanto más visualizaba una vida sin estrés y la armonía del yo, más difícil me resultaba dormir por la noche. No podía alinear mis chacras. ¡Ni siquiera podía mantener la postura del perro bocabajo! En cambio, me quedaba toda la noche intentado decodificar el lineal A y el lineal B, las únicas lenguas clásicas que nunca se han descifrado. Si bien no me iba a librar del estrés, imaginaba que podía convertirme en la persona mas competente que conocía. Leí Wittgenstein (Psicólogo de autoayuda) para principiantes, Geometría no euclidiana para principiantes, Arameo para principiantes, Óperas de Berg para principiantes, Descartes para principiantes, Teoría social de la posguerra fría para principiantes, Definición del absoluto para principiantes, Clonación genética para principiantes y Hacia la paz en Oriente Próximo para principiantes. Aunque llegué a ser experta en todo ello, mi vida diaria no mejoró. Francamente, sabía demasiado y eso ayudaba poco.
Estaba a punto de aceptar el fracaso que era yo misma y mi propia vida cuando fui a visitar a mi amiga Pat Quinn a Los Ángeles. Pat es una cazatalentos de Hollywood y yo esperaba que su determinación y dinamismo activara los míos. (…) Gracias a la inspiración de Pat, decidí que necesitaba controlarme a mi misma, Se traba de una forma de auto superación que yo aún no había explorado: el culturismo. Pese a estar en mitad de la vida, pensé que tal vez podría convertirme en la próxima Miss Galaxia. Y quizá después de eso, podría a llegar a ser gobernadora de California. Me gustaba la idea de tener unos músculos firmes en los brazos y piernas. Quería levantar pesas de muchos kilos porque si podría levantar peso físico, seguro que también podría levantarme a mi misma espiritualmente. Así pues, fui a la meca del culturismo: Vence Beach, Califronia.
Cuando llegué a esta supuesta meca, en lugar de encontrar el despliegue de hombres y mujeres levantando hierro que había imaginado, vi una hilera de personas de 11 kilómetros que se dirigía al muelle de Santa Mónica. Se trataba de un grupo de gente muy heterogéneo: todas las razas, jóvenes, viejos, gordos, delgados, bajos, altos, guapos y feos. Cuando me acerqué hasta ellos, me di cuenta de que la única cosa que tenían en común era que todos llevaban ejemplares de un libro titulado Pereza y cómo conseguirla. El libro acaba de salir y, como yo había renunciado a los manuales de auto superación, desconocía su publicación. Al parecer, en su primera semana en las librerías se vendieron mas ejemplares que de la Biblia. Mi instinto me pedía ignorar a estos optimistas e iniciar mi programa de levantamiento de pesas, pero la multitud que esperaba parecía tan bien informada que decidí ponerme en la fila y ver de que iba todo aquel jaleo.
Me volví hacia un hombre que estaba a mi lado y le pregunté: «¿Para qué ha venido aquí toda esta gente?». El hombre respondió: «El autor más influyente del mundo está aquí, el hombre que cambió mi vida. No me levanto por ninguna otra cosa, pero he venido hasta aquí para verle». «¿Quién es?», pregunté. «El autor de este libro: Pereza y como conseguirla –me contestó–. Lo he intentado todo y esto es lo único que ha funcionado». «No creo que este tipo de libros puedan cambiar tu vida. Y nunca he oído hablar de éste», le repliqué. El hombre de la fila me explicó: «Ya sabe, todos eso libros de autoayuda te dicen lo que tienes que hacer, cómo hacerlo y cuánto deberías hacer. Éste es el único que te da permiso para no hacer nada en absoluto». Pensé en ello un momento y me pareció que la idea era muy atractiva. Para alguien que se ha pasado la vida aspirando a cambiar, la idea de no haber nada resultaba revolucionaria. Decidí ocupar un lugar junto a los peregrinos.
Esperé durante días mientras la fila avanzaba hacia el autor. Según puede saber, el progreso de la fila se veía impedido por la insistencia del autor en dormir siestas. Cuando finalmente llegué hasta él, estaba tumbado en una hamaca con un pijama azul celeste. El color tradicional de la pereza. Había envoltorios de caramelos a su alrededor y estaba mirando una pantalla de plasma suspendida. Compré un ejemplar de su libro al venderlo que tenía al alado y se lo entregué al autor para que lo firmara. En lugar de garabatear un autógrafo, tenía un sello de caucho con su firma grabada en él. Me miró y dijo únicamente: «Puedo ver que la pereza te va ayudar. Necesitas esto».
Yo sabía que él había visto en el interior de mi sobreprogramada alma. Regresé al apartamento de Pat, leí el libro y mi vida cambió para siempre. Me quedé en al cama, en casa de Pat, durante un mes, hasta que me echó y cambió la cerradora. Durante ese tiempo, me entregué a la pereza y la he seguido practicando desde entonces. Éste es el único manual sobre estilos de vida que he podido seguir religiosamente. Incluso ahora, años más tarde, descubro que cada vez resulta más y más fácil.

Wendy Wasserstein, Pereza. Fragmento de la introducción.